¿Qué se ha de corregir? ¿Y por qué?


Cualquier aproximación a la teoría de la corrección de textos sería razonable con comenzar por aclarar cuál es su objeto. ¿Qué debe entenderse por corrección? O en términos más simples, ¿qué se ha de corregir? ¿Y por qué se ha de corregir? Dilucidar esta cuestión quizá no nos lleve a parte alguna. Un esfuerzo que, además, no aportará una conclusión definitiva. Muchos creerán que entramos en un terreno sumamente escurridizo.

corregirSea como fuere, lo mejor sea acudir a situaciones concretas. Nos fijamos, por ejemplo, en una parte considerable de los libros publicados en digital en plataformas varias, como Amazon. Primero se publican sin una previa corrección profesional y, además, dando la impresión de que algunos prefieren no mirar atrás y que las obras se queden como están. Sin embargo, otros —lo confiesen o no— no pueden evitar observar por el retrovisor su libro publicado y, por lo tanto, su escritura. Después se dan cuenta y se percatan que necesitan una revisión y optan por una versión corregida.

Corregir

Corregir es, en efecto, un término clave a la hora de afrontar la corrección de los textos de los autores e implica la necesidad de acudir a fuentes y direcciones, y a leerlos directamente, una lectura atenta y pausada de los textos, pero liberados de restricciones geoculturales y académicas propias.

Un factor que se ha de enfatizar es dónde se da la mayor presencia de los errores. Lo señalaremos en todos los medios; pero sobre todo en el texto escrito en cualquiera de los medios audiovisuales. Y aún con más frecuencia en los formatos multimedia asociados al universo informático. Podemos garantizar —por nuestra extensa experiencia en editoras, tiempo ha— donde la tradición y la preparación comprometidas con la galaxia de Gutenberg era una solvencia. Una experiencia diversificada que ponen en el campo de la corrección a prueba a los autores su capacidad de formular cuestiones de incorrecciones y particularidades del lenguaje y ofrecer respuestas pertinentes avaladas por las autoridades académicas y por los mejores escritores del mundo del idioma castellano, por poner el acento en las condiciones propias de la teoría de la corrección, la actualización de un texto en el «aquí y ahora» de lo correcto e incorrecto. Corrigenda constituye una aproximación a lo que se escribe y se dice y a lo que debe escribirse y debe decirse.

Es señal de inmadurez de una disciplina como la autocorrección, volver la mirada al texto con una actitud de autor olvidando la coexistencia de la mirada autor-corrector-lector. Por otra parte, acentuar la distancia entre «autor» y «lector» es una proyección equivocada del método más usual y de las explicaciones más cuestionadas y cuestionables de dejar que tu propio texto vaya desde su original hasta su publicación inmediata sin que se le haya aplicado el análisis previo y la corrección y revisión de lo escrito.

El espacio creativo y literario es el texto y este es de su autor. Allí existe y allí tiene vigencia. Este espacio —visto por el corrector— nunca ha de ocupar un lugar de privilegio en sus consideraciones y miras. No se ha de imponer y permanecer en la memoria del que corrige como manifestación más sobresaliente dentro del texto —aunque lo ocupe en la lectura posterior que ha de corregir—. Sin embargo, hay cosas que son realidad y están en el texto: las incorrecciones, que aparecen en muchas ocasiones.

Se trata del tiempo necesario para recorrer o atravesar la lectura de cada página, de cada capítulo. El tiempo de lectura de solo cinco páginas, o de solo cinco capítulos, no es el mismo que volver —después— varias veces sobre unos mismos vocablos que se han ido transcribiendo con diferentes grafías y que se han repetido en varios puntos previos del texto.

Hay que cambiar la postura entre autor y corrector. Este postulado —aunque fuese a pesar de uno y otro— se ha de difundir mejor antes que después, a pesar de las presiones en contrario, por su urgencia real.

¿Por qué las versiones previamente revisadas?

Todos estos fenómenos constituyen anomalías que aparecen en muchos de los libros autocorregidos. El objeto de este análisis muestra, pues, la discordancia o divergencia entre un texto corregido por el profesional y el que no lo es, aspectos que se producen entre unos y otros en relación con los parámetros que se aplican. El corrector corrige y toca lo que hay que tocar, pero la obra que cuenta es la que decide el autor. El corrector nunca ha de pronunciarse en la necesidad de hacer una auténtica liposucción en el texto, por celulítico o engorroso que sea, y renunciar siempre al veneno de la reescritura. Sin embargo, hay escritores que, una vez terminado el libro y publicado en cualquiera de los formatos de las redes sociales, se dan cuenta de que existen errores y desbarros que, como ramas, se repiten en sus páginas. Muchos no son partidarios de volver sobre lo escrito y publicado. Es el lector el que lo detecta y el autor el que lo paga. Rehúsan la tentación de corregirlos, a pesar de ver que el libro no funciona. A veces, como asidero, los autocorrigen. Pero, en frase de Abad Faciolince, «los libros corregidos por el mismo autor quedan raros, como si hubieran sido escritos a dos manos».

Cito algunos ejemplos, como el de Javier Cercas: «Ahora estoy releyendo Soldados de Salamina porque se va a publicar […] una edición revisada. He corregido adjetivos, más de una frase de sintaxis pedregosa, incluso algún «anacronismo». El mismo Cercas cita al poeta Valéry, quien decía: «Los poemas no se acaban, solo se abandonan»; y remata que «con los libros pasa lo mismo».

Para no llamarse a engaño conviene precisar a qué nos referimos. El debate, que se convierte a menudo en polémica, entre los partidarios de la autocorrección y los defensores del paso por los correctores y lingüistas profesionales, parece insoluble.

Sin embargo, la idea de no decantarse por unos o por otros, incide después en que los textos tengan un contexto diferente y pueda minimizar la importancia de una narración que reclama para sí la primacía tradicional de un texto leído y revisado por el profesional en detrimento del texto autocorregido.

Son los lectores, en definitiva, los que premian con sus lecturas la importancia de disfrutar de un texto cuidado que pueda satisfacer —sin apenas advertirlo— la personalidad y el talento de su autor.

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