¿Por qué nos desnudamos cuando escribimos y para quién?


No sé quién me lo ha preguntado ni si vale la pena molestarme en reflexionar si llego a la conclusión de que cuanto voy a exponer lo sabías ya o lo habías leído.

Aunque Anäis Nin se mojara ya y respondiera a la pregunta hecha, que lo hacíamos para saborear la vida dos veces: en el momento y en retrospectiva, no acabo de aceptar eso de saborear la vida dos veces —quizás admisible para otros— y entiendo que la pregunta conlleva otras consideraciones.

Tampoco me encaja que escribamos para ser diferentes o porque lo pasemos bien —¿o no?— cuando lo hacemos, por ser solo una consecuencia y no una finalidad.

Permíteme, escritor amigo, que intente sacarte de esta vidriosa cuestión de ¿por qué nos desnudamos cuando escribimos y para quién? Quien escribe un libro, una novela más o menos literaria con la esperanza de editarla escribe, en primer lugar y como objetivo, para el conjunto de sus amigos y enemigos más cercanos y, luego, para un público lector indefinido, solo posible. La razón y ser del problema radica en saber lo que ese posible “conjunto de lectores” es para el escritor, aunque él no llegue a estar al corriente ni a barruntarlo. Los posibles lectores constituyen una “clientela” en cuanto compra lo escrito —tu novela— y permite inyectarte ánimos para seguir escribiendo más —en positivo— o mandarte al último de los infiernos —en negativo—. Los lectores son asimismo  “críticos” y “jurado” en cuanto, juzgando lo que leen, se incorporan —movidos por la lectura— y fallan acerca de tu valía, de tus textos y —cómo no— de si has escrito una buena historia creada por la existencia de quien alumbró lo leído. Y, por último, una idea que se califica como “aventura”, la de captar la particular opinión —intelectual, conceptual y social— que le entra por los ojos.

Quien compra un libro es un cliente; quien lo lee y comenta, un lector y un juez; quien lo acepta, un lector partícipe que certifica que si escribes no estás solo porque la realidad del hombre se halla constitutivamente abierta hacia “lo otro”.

Escribimos porque somos lo que somos con nuestras creencias y referencias fundamentales, por una predisposición y vocación de ser escritor —difícil de renunciar— sin deshacernos de la creatividad y ganas innegables de describir cuanto somos, vivimos y observamos en nuestro entorno y vida. Se resume, mis amigos, en poner al descubierto “nuestro estilo de pensar” y darle tono, espacio y tiempo a cuanto almacenamos en la memoria.

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Acerca de Alejandro Cano

Me gusta el pensamiento conceptual. Filósofo y escritor. Novelista, ensayista, traductor y poeta.
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